A finales del siglo XIX, cuando la Ciudad de México aún mezclaba calles empedradas, vecindades abarrotadas y una intensa vida de barrio, una supuesta aparición fantasmal logró captar la atención de periódicos, curiosxs y autoridades. La protagonista era una mujer conocida como Pachita la Alfajorera, cuyo espectro, según decían, había regresado de la tumba para atormentar a un vendedor de nieves en una vieja vecindad del Centro Histórico.

La historia fue tan popular que apareció en la prensa de la época, inspiró ilustraciones de José Guadalupe Posada y se convirtió en una de las leyendas urbanas más famosas del México porfiriano. Lo más curioso es que, a diferencia de muchas historias de fantasmas, esta terminó con una investigación policial que reveló una explicación inesperada.

La mujer más temida del barrio

Francisca, mejor conocida como Pachita la Alfajorera, se ganaba la vida elaborando y vendiendo alfajores, un dulce tradicional heredado de la influencia española y muy popular en distintas regiones de América Latina.

Sin embargo, no era precisamente una figura querida entre sus vecinxs. Las crónicas la describen como una mujer de carácter áspero, famosa por sus insultos, sus constantes maldiciones y sus malos modos. Su reputación era tan negativa que, según cuenta la tradición, pocas personas lamentaron su muerte.

Con el paso de los años, Pachita quedó convertida en un recuerdo incómodo dentro del barrio de La Palma, una antigua zona ubicada en las inmediaciones del actual Centro Histórico. Pero en 1893 su nombre volvió a ocupar conversaciones y titulares.

El tormento de Pablo Martínez

La historia comenzó cuando Pablo Martínez, un humilde vendedor de nieves, se mudó a los aposentos que alguna vez habían pertenecido a Pachita. La vivienda formaba parte de una vecindad situada en el número 9 de la calle Puente de Santo Tomás.

Poco después de instalarse comenzaron a ocurrir fenómenos extraños.

Lxs vecinxs aseguraban escuchar ruidos inexplicables durante la noche. Los muebles parecían moverse solos. Objetos desaparecían sin dejar rastro y, de manera particularmente desafortunada para el nevero, los recipientes donde preparaba sus nieves terminaban volcados justo cuando estaban listos para venderse.

Según relataba el propio Pablo, el responsable era el fantasma de Pachita.

La aparición, decía, era invisible. Nadie podía verla con claridad, pero parecía poseer una fuerza extraordinaria. Escondía los conos, arruinaba los bloques de hielo y hacía caer al suelo el producto destinado a los clientes.

La situación comenzó a afectar seriamente al vendedor. Con el paso de las semanas perdió peso, sufría desmayos y vivía aterrorizado por la posibilidad de encontrarse con el espectro.

El fantasma que aparecía en los periódicos

La historia se volvió rápidamente una sensación en la capital. Los periódicos Gil Blas y El Siglo XIX publicaron notas sobre el supuesto caso paranormal, alimentando aún más el interés de la población.

Las versiones crecían con cada nuevo relato. Algunos vecinxs afirmaban haber visto cubetas flotando por el patio de la vecindad. Otrxs aseguraban que llovían piedras sin explicación alguna. Incluso circuló la historia de que el fantasma había arrastrado a Pablo Martínez por los cabellos frente a varixs testigxs.

La fama del caso fue tal que el célebre grabador José Guadalupe Posada realizó una ilustración inspirada en los acontecimientos, contribuyendo a inmortalizar a la temida alfajorera dentro del imaginario popular mexicano.

Una maldición imposible de escapar

Lo más inquietante para quienes seguían el caso era que Pablo parecía incapaz de abandonar el lugar.

Según los rumores de la época, cuando intentaba mudarse o pasar la noche en otra vivienda, despertaba nuevamente en el cuarto que había pertenecido a Pachita. Aquella historia alimentó la idea de que el fantasma estaba decidido a conservar la habitación como si siguiera siendo su propiedad.

Las supersticiones crecieron al mismo ritmo que el miedo. Algunxs vecinxs llevaron agua bendita al lugar. Otrxs recomendaron exorcismos y oraciones especiales. Nada parecía funcionar.

Mientras tanto, la leyenda de Pachita se extendía por toda la ciudad.

La investigación que acabó con el fantasma

La situación llegó a tal punto que las autoridades decidieron intervenir. El inspector de policía Máximo Villegas inició una investigación para descubrir qué estaba ocurriendo realmente en la vecindad.

Tras varios días de vigilancia, encontró una explicación mucho más terrenal que sobrenatural.

Detrás de los supuestos fenómenos se encontraban Pedro Jiménez, conocido como “El Jorobado”, junto con dos cómplices llamados Prisciliano Herrera y León Figueroa.

Utilizando hilos, trucos mecánicos y diversas artimañas, los tres provocaban los movimientos de objetos y las supuestas manifestaciones espectrales. Todo formaba parte de una elaborada campaña para hacerle la vida imposible al pobre nevero.

Cuando fueron descubiertos, los responsables fueron llevados ante las autoridades y el misterio quedó oficialmente resuelto.

Entre la leyenda y la realidad

Aunque la policía concluyó que nunca existió un fantasma, la historia de Pachita la Alfajorera sobrevivió mucho más que sus autores materiales. La combinación de una mujer temida en vida, una vecindad antigua, periódicos sensacionalistas y una ciudad fascinada por lo sobrenatural convirtió el caso en una de las leyendas urbanas más conocidas del México decimonónico.

Más de un siglo después, sigue siendo un ejemplo perfecto de cómo el miedo, los rumores y la imaginación colectiva pueden transformar un engaño en una historia que termina formando parte del patrimonio oral de la Ciudad de México.