Entre los muros húmedos del antiguo convento de San Jerónimo, donde siglos después caminaría Sor Juana Inés de la Cruz, sobrevivió durante décadas una historia que parecía salida de un manuscrito prohibido. No era la leyenda de una aparición ni de un demonio escondido entre criptas coloniales. Era algo más inquietante: la vida real de una mujer encerrada durante cuarenta y cuatro años en su propia cama.

Su nombre fue María Magdalena de Lorravaquio.

Hoy, el edificio de Universidad del Claustro de Sor Juana guarda ecos de aquella historia ocurrida entre finales del siglo XVI y principios del XVII, cuando el convento de San Jerónimo era un pequeño universo de rezos, disciplina y temores sobrenaturales.

Nacida en la Ciudad de México en 1576, Sor María Magdalena de Lorravaquio ingresó muy joven a la orden jerónima. Las crónicas la describen como una mujer profundamente religiosa, pero también marcada por una enfermedad terrible. Un tratamiento aplicado en la garganta le habría quemado los nervios, provocándole espasmos y temblores constantes. Sus movimientos aterraban a las superiores del convento, quienes interpretaron aquellos episodios no como una dolencia física, sino como señales perturbadoras del espíritu.

La solución fue brutal.

La madre superiora ordenó que la monja permaneciera amarrada a su cama. Durante décadas vivió prácticamente inmóvil, sometida a penitencias, azotes y largos periodos sin poder comulgar. Las religiosas evitaban acercarse demasiado a su celda. Algunas murmuraban que algo extraño ocurría allí dentro durante las madrugadas. Otras aseguraban escuchar rezos en voz baja cuando Sor María Magdalena estaba completamente sola.

La habitación terminó convirtiéndose en una especie de frontera entre el castigo religioso y la obsesión mística.

Con el paso de los años cambió la administración del convento y una nueva abadesa permitió que la monja volviera a recibir la comunión. Fue entonces cuando comenzaron las visiones.

Según el relato que ella misma dejó escrito por orden de sus superiores en el Libro en que se contiene la vida de la madre María Magdalena, Cristo descendía a consolarla durante sus noches de encierro. La religiosa describía presencias luminosas, conversaciones divinas y momentos de éxtasis espiritual mientras permanecía inmóvil entre cobijas ásperas y cadenas discretamente ocultas bajo la ropa de cama.

Para algunas monjas era una elegida de Dios.

Para otras, una mujer consumida por el aislamiento.

Su autobiografía, preservada hasta nuestros días, es uno de los testimonios más extraños y valiosos de la vida conventual novohispana. Más allá del misticismo, el texto revela el miedo que despertaban las enfermedades mentales y neurológicas en la Nueva España, en una época donde el sufrimiento físico fácilmente podía confundirse con posesión, castigo divino o santidad.

La figura de Sor María Magdalena quedó suspendida entre dos mundos: el de la santa visionaria y el de la mujer castigada por no encajar en las rígidas normas del convento.

Con los siglos, la historia adquirió un tono fantasmal. Algunxs trabajadorxs y estudiantes del antiguo convento han contado que ciertas habitaciones conservan una sensación pesada, como si alguien siguiera observando desde la oscuridad. Otrxs hablan de pasos lentos durante la noche o del sonido de muebles crujiendo cuando el edificio está vacío.

Quizá sean solo rumores nacidos de la imaginación y del peso de la historia.

O quizá, en algún rincón del antiguo convento de San Jerónimo, todavía permanece el eco de aquella monja que pasó media vida atada a una cama esperando escuchar la voz de Dios.