En el teatro, algunos personajes no envejecen, solo cambian de pantalla. Ese es el caso de Hedda, la nueva adaptación del clásico de Henrik Ibsen que llega al Foro Lucerna con una propuesta que traslada el conflicto del siglo XIX al corazón de la vida digital contemporánea.
Bajo la dirección de Eduardo Córdoba, esta versión no solo reinterpreta Hedda Gabler, sino que la instala en un México atravesado por la hiperconectividad, donde la intimidad convive con la vigilancia constante y la identidad parece construirse frente a una audiencia invisible. La protagonista, interpretada por Angélica Bauter, se mueve en un entorno donde el control ya no es únicamente social o emocional, sino también tecnológico.
Aquí, el hogar de Hedda no es refugio, sino una especie de vitrina inteligente gobernada por una inteligencia artificial llamada Berta. Este elemento escénico no es solo decorativo, sino una metáfora inquietante del presente: algoritmos que observan, registran y, en cierto modo, dictan comportamientos. La vida conyugal junto a Jorge Tesman, interpretado por Abraham Lombrozo, se convierte en un espacio asfixiante donde el deseo de libertad choca contra expectativas sociales y una rutina emocionalmente estéril.
El conflicto se intensifica con la presencia de figuras que orbitan como detonadores. Gilberto, interpretado por Alonso Íñiguez, encarna lo que pudo haber sido, una vida no elegida que sigue ardiendo bajo la superficie. En contraste, el Juez Brack, interpretado por Ernesto M. Agraz, representa el poder que manipula y vigila, un recordatorio de que el control también puede adoptar formas sutiles y sofisticadas.
Más allá del argumento, la puesta construye un lenguaje visual y sonoro que dialoga con la ansiedad contemporánea. Pantallas, dispositivos inteligentes y recursos multimedia diseñados por un equipo creativo encabezado por Aurelio Palomino y Yoatzin Balbuena convierten el escenario en un ecosistema donde lo íntimo y lo público se desdibujan. La estética no ilustra la historia, la amplifica: cada elemento parece susurrar que nadie está completamente a solas.
En este montaje, el núcleo del conflicto se desplaza hacia el interior. Hedda no lucha contra el mundo, sino contra su propia mirada. Su frustración, su necesidad de control y su incapacidad de reconciliar lo que es con lo que cree que debería ser construyen un retrato incómodo pero reconocible. En tiempos donde la validación externa se mide en clics y reacciones, su vacío resuena con una fuerza particular.
La pregunta que sobrevuela la obra es simple, pero punzante: qué ocurre cuando intentamos moldear a los demás en lugar de transformarnos a nosotros mismos. En ese terreno, la inteligencia artificial funciona como espejo y amplificador, una presencia que no solo observa, sino que evidencia la tensión constante entre lo que mostramos y lo que ocultamos.
Con temporada del 30 de marzo al 1 de junio, funciones los lunes a las 20 horas y boletos disponibles en taquilla y plataformas digitales, Hedda se presenta como una experiencia que dialoga con los clásicos sin tratarlos como reliquias. Aquí, el pasado no se revive: se actualiza, se tensiona y, sobre todo, se vuelve incómodamente cercano.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.