A unos pasos del Mercado de La Merced, entre las calles de República de El Salvador y Talavera, existe un rincón del Centro Histórico que pocxs conocen por su nombre actual. Durante la época virreinal, este estrecho paso era conocido como el Callejón de la Danza, aunque muchxs preferían llamarlo de otra forma: la Cueva de los Nahuales.
Hoy es una calle más entre el ir y venir de comerciantes, cargadores y compradores. Sin embargo, cuando el bullicio desaparece y la noche envuelve el barrio, lxs vecinxs aseguran que el lugar recupera algo de su antiguo rostro.
Dicen que ahí todavía espantan.
Desde hace siglos circula una leyenda que afirma que, al caer la medianoche, el callejón se llena de sonidos que no pertenecen a este tiempo. Primero se escuchan tambores lejanos. Después aparecen cantos incomprensibles, mezclados con gritos y carcajadas que parecen salir de todas direcciones al mismo tiempo.
Quienes han permanecido lo suficiente aseguran que también es posible distinguir el resplandor de una fogata que, por unos segundos, ilumina el callejón antes de desaparecer sin dejar rastro.
Nadie sabe con certeza qué ocurre ahí.
Pero las historias se remontan hasta mediados del siglo XVIII.
En aquellos años, el barrio de La Merced se encontraba en las afueras de la ciudad española. Muy cerca corrían acequias y canales, mientras que el mercado era uno de los principales puntos comerciales de la Nueva España. Mercaderes indígenas, españoles, mestizos y africanos convivían diariamente en una zona donde también se mezclaban sus creencias, tradiciones y formas de entender lo sobrenatural.
Fue entonces cuando comenzaron los rumores.
Los habitantes aseguraban que, todas las noches, un grupo de brujos y nahuales se reunía en un callejón apartado para celebrar extraños rituales alrededor de una enorme hoguera.
Vestidos con plumas, cubiertos con pinturas sobre el cuerpo y realizando movimientos imposibles, hombres y mujeres danzaban durante horas mientras emitían gritos que hacían eco entre las casas del barrio.
Lxs vecinxs cerraban puertas y ventanas antes del anochecer. Algunxs colocaban muebles contra la entrada de sus viviendas. Otrxs rezaban hasta quedarse dormidos. Porque se decía que aquellas figuras no permanecían únicamente en el callejón.
Cuando el ritual terminaba, recorrían las calles buscando entrar en las casas.
Las historias más aterradoras hablaban de niñxs y mujeres que desaparecían durante la madrugada sin dejar rastro. Las familias acudían desesperadas a pedir ayuda, pero en una época marcada por profundas desigualdades, pocas autoridades prestaban atención a lxs habitantes indígenas del barrio.
Con el paso de los meses, el miedo comenzó a extenderse por toda la ciudad.
La historia llegó finalmente a oídos de Simón de Esnaurrízar, un joven miembro del cuerpo de arcabuceros del virrey que decidió comprobar por sí mismo si aquellas historias eran ciertas.
Una noche tomó su arcabuz, un par de pistolas y, después de reunir el valor necesario, caminó hacia el callejón siguiendo el eco de los extraños cantos.
A medida que avanzaba, el sonido se hacía más intenso. No parecía música. Era algo mucho más antiguo. Algo que hacía vibrar las paredes del callejón. Cuando finalmente llegó al lugar, quedó paralizado.
Frente a él ardía una enorme fogata.
A su alrededor, decenas de figuras desnudas, cubiertas con plumas y pinturas, giraban sin detenerse mientras lanzaban al cielo gritos que parecían más propios de animales que de personas.
Algunxs llevaban máscaras con rostros deformes. Otrxs parecían transformarse conforme la luz del fuego iluminaba sus cuerpos.
Simón reaccionó disparando su arcabuz.
El estruendo rompió el ritual.
Lxs danzantes comenzaron a correr en todas direcciones mientras el joven pedía ayuda a los soldados del virrey. Poco después llegaron refuerzos y, con ayuda de los propios vecinos, lograron capturar a varios de los supuestos brujos.
Las autoridades registraron las viviendas donde habitaban.
En ellas encontraron a varios niños desaparecidos y mujeres que llevaban semanas privadas de su libertad. También descubrieron que muchos de los pequeños eran obligados a pedir limosna en las plazas de la ciudad.
Para las autoridades, el misterio había terminado. No existían nahuales. Solo delincuentes que utilizaban el miedo y las supersticiones para ocultar sus crímenes. Pero los vecinos nunca estuvieron completamente convencidos.
Porque, según ellos, aquella noche no lograron capturar a todos. Dicen que algunos escaparon entre las sombras. Que otros jamás fueron encontrados.
Y que hubo quienes desaparecieron justo cuando las llamas de la hoguera comenzaron a extinguirse, como si nunca hubieran sido personas.
Desde entonces, el Callejón de la Danza jamás volvió a sentirse igual.
Los sacerdotes recomendaban persignarse antes de cruzarlo y muchxs preferían dar una larga vuelta antes que atravesarlo de noche.
El miedo sobrevivió incluso cuando el antiguo callejón desapareció entre nuevas construcciones y la ciudad comenzó a crecer.
Hoy, donde alguna vez ardieron aquellas hogueras, el paisaje parece completamente distinto. El antiguo Callejón de la Danza forma parte del entorno del Centro Histórico y muy cerca se encuentran el Centro Cultural Casa Talavera y la Plaza de la Aguilita. Durante el día, comerciantes, estudiantes y visitantes recorren la zona sin imaginar las historias que guarda el lugar.
Pero cuando el mercado cierra y el silencio regresa al barrio, algunxs vecinxs aseguran que las sombras vuelven a reunirse.
Hay quienes dicen haber escuchado tambores provenientes de una calle completamente vacía.
Otrxs afirman haber visto figuras cubiertas con plumas cruzando rápidamente la esquina entre Talavera y República de El Salvador, solo para desvanecerse unos segundos después.
Incluso hay personas que aseguran percibir un intenso olor a humo, como si una fogata acabara de apagarse, aunque no exista ningún incendio cerca.
Quizá todo sea una vieja leyenda heredada desde la época colonial.
Quizá el miedo de varias generaciones terminó dando forma a una de las historias más famosas del barrio de La Merced.
O quizá las danzas nunca terminaron.
Tal vez solo esperan a que el último comerciante cierre su puesto, las luces se apaguen y el Centro Histórico vuelva a quedarse en silencio.
Porque si alguna noche pasas por la esquina de Talavera y República de El Salvador y escuchas tambores donde no hay músicos, procura no seguir el sonido.
Los vecinos dicen que, si alcanzas a ver la hoguera…
ya es demasiado tarde para regresar.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.