El 18 de mayo de 1900, el Salón Wagner encendió sus lámparas con un brillo especial. En el escenario apareció Bally Onofroff, el telépata ruso del que casi nadie sabía nada y del que todos hablaban como si lo hubieran soñado antes. Decían que leía pensamientos, que doblaba voluntades con la mirada y que, con un simple chasquido, podía apagar la conciencia de un hombre como quien sopla una vela.

Su acto estrella era el “simulacro de un crimen”. A ojos vendados, recorría la sala entre el público, encontraba al asesino ficticio, el arma escondida, la víctima señalada al azar. No fallaba. Los presentes reían primero. Después guardaban silencio. Había algo incómodo en esa precisión, algo que no se explicaba con trucos de feria.

El magnetismo era peor. Elegía a un voluntario, lo miraba fijo, extendía la mano y el cuerpo cedía. Algunos caían de rodillas. Otros entraban en catalepsia. Cantaban, lloraban, temblaban de frío bajo órdenes apenas susurradas. Cuando despertaban, se llevaban la mano al pecho como quien regresa de un lugar demasiado profundo.

Onofroff no era un desconocido en el mundo. Había actuado en Sevilla, París, Londres, Madrid, Buenos Aires. Fue detenido en Francia bajo sospechas de fraude y aun así continuó su carrera. En cada ciudad dejaba aplausos… y cierta inquietud. La prensa lo llamó el “nuevo Cagliostro”. Fascinador. Adivinador. Lector de pensamientos.

En México, su presentación fue anunciada como una velada seria y científica. Pero esa noche, en el Salón Wagner, algo pareció salirse del libreto.

Testigos afirmaron que durante el “simulacro de un crimen”, cuando Onofroff encontró al supuesto culpable, el acusado rompió en llanto antes de que el hipnotizador lo tocara. Juraba que no estaba fingiendo. Que había visto algo detrás de la venda negra. Algo que lo observaba desde la oscuridad del escenario.

Otros hablaron de una sensación persistente después del espectáculo. Un peso en la nuca. Sueños extraños. La impresión de que alguien susurraba órdenes que no eran propias. Algunos voluntarios aseguraron que durante semanas escucharon el chasquido de dedos en medio de la noche.

Onofroff partió de la ciudad como había llegado: envuelto en misterio. No dejó biografía clara ni confesión. Solo carteles arrancados y recuerdos incómodos.

El Salón Wagner cambió con los años. La calle también. Pero hay quienes aseguran que en el antiguo número 13 de la hoy Venustiano Carranza, cuando el aire se vuelve denso y el silencio pesa, todavía se percibe algo suspendido.

Como si una voluntad invisible siguiera esperando instrucciones.

Como si aquella noche de 1900 no hubiera terminado del todo.

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