En plena Avenida Insurgentes, a la altura de la Colonia Juárez, donde Insurgentes Sur se estira como una vena urbana que nunca descansa, hubo un edificio que alguna vez brilló con el pulso moderno de la ciudad. El número 102 fue, durante décadas, sede de oficinas sindicales, actividades administrativas y también de una vida cotidiana que hoy parece suspendida entre el archivo y el rumor.
Construido en 1954, el inmueble conocido más tarde como el Edificio Solidaridad formó parte de ese México de mediados del siglo XX que apostaba por el modernismo arquitectónico como símbolo de progreso. De acuerdo con registros periodísticos, su autoría se vincula al arquitecto Hanhausen, figura asociada a la estética funcional y sobria de la época. En su momento incluso albergó comercios en planta baja, como una mueblería de estilo popular, y fue punto de encuentro sindical en distintos periodos, especialmente ligado a la FSTSE Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado.
Con el tiempo, sin embargo, el edificio dejó de ser emblema de modernidad para convertirse en un cuerpo fatigado por los años, el uso intensivo y, finalmente, la sacudida histórica del sismo de 1985. A partir de entonces comenzó una etapa de deterioro y cierre parcial que terminaría por sellar su destino.
El expediente de una desaparición
A finales de los años cincuenta o inicios de los sesenta, cuando el edificio aún era joven, circula una historia que nunca terminó de fijarse en los documentos oficiales, pero sí en la memoria oral de quienes lo conocieron.
Se cuenta que un trabajador vinculado a la estructura sindical, identificado como Ernesto Gaytán, acudió ante un grupo de dirigentes de la FSTSE para exponer una inconformidad. Según la versión que ha sobrevivido en relatos posteriores, no era una queja menor: habría señalado presuntas irregularidades internas que incomodaban a más de uno.
La historia se quiebra en ese punto. Lo que sigue pertenece al terreno de lo no comprobado, pero repetido con insistencia en distintas narraciones: la reunión habría escalado en tensión, y el denunciante terminó desapareciendo sin dejar rastro. Su cuerpo nunca fue encontrado y el caso jamás se esclareció públicamente.
A partir de ese momento, el edificio comenzó a adquirir otra temperatura simbólica. Ya no era solo un espacio administrativo, sino el escenario de una ausencia que, con el paso del tiempo, se transformó en relato.
Cuando el edificio empezó a hablar en sombras
Los primeros reportes de fenómenos extraños comenzaron a circular poco después de la desaparición. Al principio eran anécdotas aisladas: objetos fuera de lugar, puertas que no coincidían con su estado previo, ruidos sin origen visible.
Con el tiempo, los testimonios se multiplicaron. Se hablaba de sombras que cruzaban pasillos incluso a plena luz del día, particularmente en los pisos superiores. Algunos trabajadores y vigilantes aseguraban escuchar risas masculinas a lo lejos, seguidas de lamentos que no podían ubicarse en ninguna oficina específica.
La atmósfera del edificio, según estas narraciones, fue volviéndose más densa con los años, como si la estructura misma absorbiera los ecos de lo ocurrido.
El sismo de 1985 marcó un punto de quiebre. Tras el terremoto, el inmueble sufrió daños estructurales importantes y comenzó su abandono progresivo. La versión oficial lo atribuye exclusivamente a la afectación física del edificio, pero en la tradición oral se sumó otra explicación: que el lugar ya era inhabitable por lo que ocurría dentro.
Del abandono a la demolición
En décadas posteriores, el edificio quedó parcialmente cerrado y luego prácticamente en desuso. Hubo incluso etapas intermedias en las que ciertos espacios fueron utilizados de forma ocasional, como el mezzanine que albergó bazares organizados por sindicatos en los años ochenta, donde se vendían productos populares y artículos de importación informal. También se recuerda la presencia de comercios en planta baja durante etapas previas al abandono total.
El inmueble perteneció a la FSTSE y, según registros periodísticos recientes, fue finalmente vendido a desarrolladores privados con planes de demolición y reconversión inmobiliaria dentro del proyecto de redensificación de la Zona Rosa. El objetivo: levantar un nuevo edificio de uso habitacional y comercial, de mayor altura y densidad urbana Federación de Sindicatos de Trabajadores al Servicio del Estado.
Hoy el antiguo predio de Insurgentes 102 se encuentra en obras. Donde antes había muros modernistas ahora hay maquinaria, estructuras provisionales y polvo suspendido.
Pero incluso en esta nueva etapa, persisten los relatos.
El eco que no se demuele
Trabajadores actuales han reportado episodios que recuerdan, de forma inquietante, las viejas historias del edificio. Algunos mencionan sombras que parecen desplazarse entre los andamios cuando cae la tarde. Otros aseguran haber escuchado lamentos lejanos que no coinciden con la actividad de la obra ni con la acústica del entorno urbano.
Nada de esto forma parte de un registro oficial. Tampoco hay evidencia verificable que lo respalde. Pero en la ciudad, donde los edificios acumulan capas de memoria como si fueran estratos geológicos, el rumor suele sobrevivir más tiempo que el concreto.
Insurgentes 102, el antiguo Edificio Solidaridad, parece haberse convertido en eso: un punto donde la arquitectura, la historia sindical y la narrativa popular se superponen hasta confundirse.
Y mientras la nueva estructura se levanta, queda la pregunta que no necesita respuesta para seguir circulando: qué es exactamente lo que, según algunos, todavía se resiste a desaparecer.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.