En el Barrio de Salto del Agua, entre acequias turbias y rumores que reptaban por las calles empedradas, vivió Ignacio de San Juan Salazar, un hombre que parecía hecho de humo y osadía. Embustero profesional, vendedor de reliquias falsas y fabricante de prodigios, fue llamado tres veces ante el Santo Oficio. Tres veces rozó la hoguera sin arder.

Decían que curaba con un gallo, que amamantaba criaturas ajenas, que veía a la Virgen descender como una lámpara encendida en la penumbra. Decía ser inquisidor sin serlo. Decía hablar con virreyes. Decía haber visitado el infierno y regresar con noticias frescas.

Pero lo que más inquietaba no eran sus mentiras, sino su resistencia. En 1699 fue procesado por repartir reliquias apócrifas en Puebla. En 1709 volvió a caer, esta vez por fingir dones sobrenaturales y por alumbradismo (movimiento religioso español, nacido en el siglo XVI, que tiene muchos de los rasgos propios de una secta ascética-mística); terminó trabajando en el Convento de Carmelitas de San Ángel. En 1713, reincidió: más reliquias falsas, más promesas de santidad embotellada. El tribunal ya no veía en él a un loco pintoresco, sino a un peligro persistente.

Fue entonces cuando empezó a murmurar algo más oscuro.

Ignacio hablaba de los virreyes como si los tuteara en secreto. Del duque de Alburquerque decía que su destino era un auto de fe. Del duque de Linares aseguraba que en el infierno había una silla con su nombre grabado. Contaba que en visión fue llevado a las profundidades, donde vio condenados por el juego de gallos y, entre brasas, un asiento reservado para el gobernante. Más tarde alteró la historia, ahora era el propio virrey quien soñaba su caída al abismo, salvado en el último instante por Ignacio y una capa protectora.

La ciudad escuchaba entre fascinada y temerosa. ¿Era simple delirio? ¿O crítica política disfrazada de revelación? En una época donde los pasquines ardían más lento que las lenguas, sus visiones eran dagas envueltas en incienso.

Y sin embargo, cada vez que el Santo Oficio cerraba el cerco, Ignacio se escabullía. Testigos dudaban. Versiones cambiaban. Castigos se suavizaban. Algunos comenzaron a susurrar que aquel hombre flaco y parlanchín tenía un protector que no figuraba en los registros del cielo.

Se decía que había hecho un pacto.

No con tinta, sino con sombra.

Que su lengua afilada y su capacidad para reinventarse eran el precio de una alianza oscura. Que por eso escapaba. Que por eso sobrevivía. Que por eso, incluso enfermo y acorralado, parecía sostener una sonrisa apenas perceptible.

En 1714, mientras aguardaba su tercer juicio, cayó agonizante en el hospital de San Juan de Dios. En su lecho final declaró que todo había sido mentira, embuste, teatro. Una confesión demasiado conveniente. El 20 de abril exhaló el último suspiro.

Murió antes de escuchar sentencia.

Algunos lo llamaron castigo divino. Otros, astucia final. Los más supersticiosos afirmaron que, al morir sin condena, había logrado su mayor truco: escapar también de la Inquisición.

Nadie sabe si fue sentenciado en efigie. Nadie sabe qué ocurrió con su cuerpo. Lo único cierto es que Ignacio de San Juan Salazar se deslizó entre las grietas del sistema como quien conoce un atajo secreto.

Y en el Barrio de Salto del Agua, cuando el viento sopla entre las piedras viejas, todavía hay quien asegura que no fue la justicia la que lo dejó ir.

Fue alguien más.