En el número 4 de la antigua calle de Leandro Valle, en pleno corazón de la Ciudad de México, funcionó durante décadas una de las redacciones más extrañas y fascinantes del siglo XIX mexicano. Ahí se imprimía La Ilustración Espírita, periódico fundado por el general liberal Refugio Indalesio González, una publicación donde convivían el liberalismo, la ciencia experimental, el feminismo temprano, la homeopatía… y las conversaciones con los muertos.
Hoy cuesta imaginarlo, pero durante el Porfiriato el espiritismo no era visto solamente como un asunto de fantasmas y mesas que se movían solas. Para muchxs intelectuales de la época representaba una vía moderna para entender el alma humana, los misterios de la mente y aquello que la religión tradicional ya no lograba explicar del todo. En las páginas de La Ilustración Espírita se discutían fluidos magnéticos del cuerpo, sonambulismo, telepatía, mediumnidad, curaciones inexplicables y teorías científicas que intentaban demostrar la supervivencia del espíritu después de la muerte.
El periódico, fundado hacia 1870 y consolidado durante la década siguiente, pronto se convirtió en uno de los órganos espiritistas más importantes de México. Por sus páginas desfilaron personajes como Santiago Sierra, hijo del célebre Justo Sierra; el pintor Juan N. Cordero; Joaquín Calero y, más tarde, Laureana Wright de Kleinhans, una de las voces más importantes del feminismo mexicano decimonónico.
La mezcla era explosiva. En un mismo ejemplar podían aparecer ensayos filosóficos sobre Allan Kardec, poemas supuestamente dictados por espíritus, reflexiones sobre la igualdad intelectual entre hombres y mujeres y reportes de médiums que afirmaban recibir mensajes de personajes históricos desde el más allá. El periódico defendía la idea de que el espíritu humano evolucionaba constantemente a través de múltiples existencias, y que las mujeres poseían capacidades intuitivas y sensitivas especialmente desarrolladas para la comunicación espiritual.
Por eso no resulta extraño que La Ilustración Espírita terminara convirtiéndose también en un refugio para muchas escritoras. Mientras otros periódicos relegaban a las mujeres a columnas domésticas o textos religiosos, aquí podían publicar ensayos, poesía y artículos filosóficos. Algunas incluso aseguraban escribir bajo trance mediúmnico, poseídas por espíritus de sabios, héroes nacionales o autores clásicos.
Aquella redacción debió parecer una especie de laboratorio sobrenatural. Entre el ruido de las prensas y el olor a tinta fresca, se discutía si los pensamientos podían transmitirse mediante corrientes invisibles; si los sueños eran viajes del alma; si las enfermedades tenían origen espiritual; o si la muerte era apenas una puerta giratoria hacia otra dimensión de existencia.
El espiritismo mexicano, además, tenía un fuerte componente político. Muchxs liberales veían en él una alternativa moderna frente al poder tradicional de la Iglesia católica. No era casual que el propio Francisco I. Madero, años después, abrazara las ideas espiritistas con auténtica devoción y escribiera textos bajo el seudónimo de “Bhima”.
Pero la historia de La Ilustración Espírita también terminó rozando la rebelión y el escándalo político. En 1892, el periódico publicó textos relacionados con Teresa Urrea, la famosa “Santa de Cabora”, curandera y visionaria del norte de México a quien miles de personas atribuían poderes milagrosos. Su figura terminó vinculada al levantamiento de Tomochic, una de las primeras rebeliones abiertas contra el régimen de Porfirio Díaz.
El gobierno observó con creciente incomodidad aquella mezcla de misticismo, crítica social y fervor popular. Poco después, el periódico cerró definitivamente sus puertas.
Sin embargo, durante más de veinte años, desde aquella casona de Leandro Valle, La Ilustración Espírita dejó circular una idea perturbadora y seductora: que la modernidad mexicana también podía construirse hablando con los muertos.

Apasionado de la comida, siempre en busca de nuevos rincones donde disfrutar sabores únicos. Maestro de yoga y meditación, combina su espíritu tranquilo con su amor por la aventura como ciclista urbano. Admirador de la cultura mexicana, explora la magia de la Ciudad de México.