En las callejuelas húmedas y oscuras del antiguo barrio de La Merced, cuando la Ciudad de México todavía estaba cruzada por acequias y las noches olían a lodo, incienso y carbón mojado, comenzó a circular una de las historias más aterradoras de la época virreinal: la leyenda de la Bruja Chupadora.

Todo ocurrió en 1734, en una casa cercana a la calle de la Acequia, hoy Rodríguez Puebla 11. Ahí vivía Manuel de Rivera, un hombre marcado por la tragedia y por el miedo a una mujer a la que alguna vez había amado: María Josepha. Según declaró ante el Santo Oficio de la Inquisición, ella no asistía a misa, jamás llevaba rosario y evitaba cualquier muestra pública de devoción. Para muchxs vecinxs, esas costumbres bastaban para despertar sospechas. Para Manuel, eran la prueba de que se trataba de una bruja.

La denuncia surgió después de la muerte de sus pequeñas hijas, quienes fallecieron siendo apenas unas bebés. Los cuerpos presentaban extrañas marcas en la piel, pequeños moretones circulares que la gente de la época llamaba “chupones”. En una ciudad donde las enfermedades infantiles eran frecuentes y la medicina apenas podía explicar la muerte repentina de un recién nacido, el miedo encontró rápidamente un culpable sobrenatural.

Pero el episodio que terminó de convencer a Manuel ocurrió una madrugada.

Despertó sobresaltado cerca de las dos de la mañana y observó una claridad verdosa suspendida dentro de la habitación. Más tarde describiría aquella luz como un resplandor semejante al azufre ardiendo. Al principio creyó que era reflejo de la luna sobre el agua de las acequias, pero la luminiscencia comenzó a moverse hasta transformarse, según su testimonio, en un enorme guajolote oscuro que avanzaba hacia la cuna de su hijo.

Aterrorizado, intentó levantarse para proteger al bebé. Entonces escuchó aleteos, chillidos y golpes sobre el techo. Juró haber visto sombras entrar por puertas y ventanas, figuras deformes que revoloteaban alrededor de la habitación como animales nocturnos. Manuel aseguró que una jauría de brujas había irrumpido en su hogar para llevarse al niño.

A la mañana siguiente acudió ante la Inquisición para denunciar formalmente a María Josepha, convencido de que ella encabezaba aquellos ataques. La acusó de practicar hechicería por despecho y de alimentarse de los recién nacidos, chupándoles la sangre o el aliento durante la noche. Historias similares ya circulaban desde hacía décadas en la Nueva España, especialmente en barrios populares donde las supersticiones convivían con la religión y el temor constante a las fuerzas invisibles.

Con el tiempo, historiadores han sugerido que detrás de la leyenda podían ocultarse tragedias mucho más terrenales: enfermedades infantiles, asfixias accidentales durante la lactancia nocturna o simples delirios provocados por el agotamiento y el miedo. Sin embargo, en el imaginario popular de la Ciudad de México colonial, aquellas explicaciones nunca resultaron tan poderosas como la imagen de una bruja atravesando los techos bajo la forma de un ave monstruosa.

Todavía hoy, cuando cae la noche en las calles cercanas a La Merced, algunxs comerciantes aseguran que el barrio conserva un silencio extraño antes del amanecer. Y hay quienes dicen que, entre los viejos callejones y las sombras de las antiguas acequias, todavía puede verse un resplandor verdoso flotando sobre los tejados, como si la Bruja Chupadora siguiera buscando una cuna abierta en medio de la oscuridad.