Antes de convertirse en una de las historias más inquietantes del antiguo convento de Jesús María, Tomasina Guillén había vivido una existencia marcada por el encierro, la violencia y la culpa. Su nombre todavía parece flotar entre los muros rojizos del templo de Jesús María 39, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, donde durante el siglo XVII comenzó a circular una leyenda capaz de erizar incluso a las religiosas más devotas.

El relato fue recogido por el erudito novohispano Carlos de Sigüenza y Góngora en su libro Paraíso Occidental, publicado en 1684. Ahí narra cómo las monjas del convento aseguraban escuchar pasos en las escaleras, murmullos en los corredores y la presencia de un clérigo muerto que aparecía en silencio durante las noches de Jueves Santo. Muchas pensaron que se trataba de imaginaciones provocadas por el miedo y la clausura. Pero todo cambió con la llegada de Tomasina.

Viuda del gentilhombre Francisco Pimentel y marcada desde niña por una vida de abusos, Tomasina ingresó al convento tras la muerte de su esposo. Antes de tomar los hábitos, había pasado por una existencia turbulenta: una madre severa que la golpeaba y encerraba, matrimonios desdichados y enfermedades que la llevaron al borde de la muerte. El convento parecía ofrecerle refugio, aunque pronto también se convertiría en escenario de fenómenos aterradores.

Durante varias noches comenzó a soñar con el mismo clérigo espectral que las demás religiosas habían visto rondar las escaleras. El aparecido le suplicaba ayuda: necesitaba oraciones colectivas y ayunos para abandonar las penas del purgatorio. Tomasina transmitió el mensaje a su confesor, pero éste creyó que se trataba de fantasías nacidas del cansancio y la sugestión. El espectro, sin embargo, regresó.

Una madrugada, mientras dormía, la novicia sintió que la figura tomaba su brazo. Despertó entre gritos y olor a carne quemada. Sobre su piel habían quedado marcadas las huellas de cinco dedos abrasados, como si hubieran sido hechos con hierro al rojo vivo. Las religiosas corrieron espantadas hacia su celda y el caso llegó hasta el arzobispo Fray Payo Enríquez de Rivera, quien ordenó investigar el fenómeno.

Médicos y religiosos revisaron las heridas. Según Sigüenza y Góngora, las marcas no parecían producto de fuego común. Los dedos estaban perfectamente delineados sobre la piel de Tomasina, como si una mano salida del purgatorio hubiera quedado estampada sobre su brazo. La noticia se propagó rápidamente por la Ciudad de México virreinal, convirtiendo el convento en un lugar rodeado de temor y fascinación.

Las monjas comenzaron a rezar rosarios y celebrar misas por el alma del clérigo. Tomasina, debilitada por las heridas, apenas podía cumplir el ayuno que el espectro le había pedido. Entonces el fantasma volvió a aparecerse, esta vez no en sueños sino, según la tradición, frente a ella. Le agradeció las oraciones y le prometió que cuando finalmente alcanzara el cielo, sus heridas desaparecerían.

La leyenda asegura que así ocurrió.

El 22 de septiembre de 1669, durante la ceremonia en que Tomasina profesó definitivamente como religiosa, las quemaduras comenzaron a sanar de manera inexplicable. Con el tiempo desaparecieron por completo, dejando únicamente el recuerdo de aquel contacto imposible. Tomasina dedicó el resto de su vida a una disciplina extrema: dormía sobre tablas, usaba cilicios y practicaba penitencias severas, convencida de que el sufrimiento acercaba el alma a Dios.

Hoy, entre las esculturas alineadas sobre la calle Jesús María y la arquitectura barroca del antiguo convento, todavía sobrevive la historia de la novicia marcada por una mano del purgatorio. Algunxs visitantes aseguran que el templo guarda un silencio extraño al caer la tarde, como si las viejas escaleras aún conservaran el eco pausado de aquel clérigo condenado que buscaba desesperadamente abandonar las sombras.