En el Centro Histórico de la Ciudad de México, entre los muros antiguos del Templo de Jesús María, existe una leyenda que mezcla fervor religioso, castigos conventuales y visitas del mismísimo demonio. Quienes caminan por la calle Jesús María quizá no imaginan que detrás de las puertas de aquel antiguo convento del siglo XVI se contaba una de las historias más inquietantes de la Nueva España: la de Sor Marina de la Cruz, la monja a la que el diablo no dejaba rezar en paz.

La historia fue escrita por Carlos de Sigüenza y Góngora en Paraíso Occidental, donde retrató la vida de religiosas consideradas ejemplares dentro de los conventos novohispanos. Entre todas ellas destacó Sor Marina, una mujer conocida por su disciplina extrema, sus visiones místicas y una devoción tan intensa que terminó convirtiéndola en blanco de fuerzas sobrenaturales.

Se decía que Sor Marina había perdido la vista por cataratas y que, tras recuperar milagrosamente la salud gracias a la luz divina, decidió ingresar al convento de Jesús María para dedicar su vida completa a Dios. Ahí adoptó una rutina de rezos, ayunos y penitencias tan severa que incluso otras religiosas comenzaron a verla con temor y desconfianza.

Pero la paz dentro del convento duró poco.

Según la leyenda, el demonio comenzó a atormentarla cada noche. Primero eran pequeños ruidos en la puerta de su celda. Golpes secos que resonaban en los corredores silenciosos mientras las demás monjas dormían. Después aparecieron las burlas: sombras que se asomaban por la ventana, rostros deformes haciéndole muecas para arrancarle una carcajada y romper así sus oraciones.

Sor Marina jamás respondió.

Entonces los ataques se volvieron más violentos. El diablo corría sobre la azotea del convento como si arrastrara cadenas invisibles. Pateaba el techo de su habitación, lanzaba objetos y, según la tradición popular, incluso le tiraba el chocolate cuando intentaba beberlo durante sus momentos de descanso. El convento entero escuchaba los estruendos en la madrugada, aunque nadie se atrevía a salir.

Paradójicamente, los castigos impuestos por sus superiores parecían afectarle menos que aquellas visitas infernales. Porque Sor Marina también fue castigada dentro del propio convento. Su intento por corregir la conducta relajada de otras religiosas provocó molestia entre las monjas, quienes pidieron a la abadesa que la sancionara. Como penitencia, fue enviada a limpiar corrales, barrer patios y descuartizar animales en la cocina conventual, labores consideradas humillantes para una religiosa de clausura.

Sin embargo, aceptó cada tarea con alegría.

Esa serenidad aumentó todavía más la fama de santidad que crecía alrededor suyo. Algunas versiones cuentan que tuvo visiones celestiales y que un extraño pájaro blanco y negro llegó a cantar su nombre como señal divina. Otras aseguran que podía predecir acontecimientos antes de que ocurrieran.

Cuando murió en 1597, la noticia recorrió la Ciudad de México como un relámpago. Decenas de personas acudieron al convento para ver su cuerpo y arrancar pequeños fragmentos de su ropa como reliquias milagrosas. Para muchxs, Sor Marina era una santa; para otrxs, una mujer perseguida por el demonio precisamente por su pureza.

Hoy el Templo de Jesús María conserva parte de aquella atmósfera antigua. El edificio, fundado originalmente como convento para mujeres descendientes de conquistadores sin posibilidad de matrimonio, sigue siendo uno de los rincones más fascinantes del Centro Histórico. Sus cúpulas cubiertas de mosaicos, vitrales y muros centenarios parecen guardar todavía los ecos de rezos nocturnos y pasos invisibles recorriendo los pasillos.

Y aunque nadie sabe cuánto hay de verdad en la historia, algunxs visitantes aseguran que al caer la tarde el antiguo convento adquiere un silencio extraño. Un silencio pesado, apenas interrumpido por crujidos lejanos, como si algo siguiera caminando sobre las azoteas de Jesús María.