Una mujer alpinista que todos los días intenta escalar la montaña más alta y peligrosa jamás creada por una mujer: su propia montaña dulce. Una montaña que busca escalar para acabar con la amargura de su existencia mientras intenta enfrentarse al desamor.

Un hombre pequeño que siempre detestó el ejercicio y que le tenía miedo a la “educación física”, pero que decide, al acercarse a los cuarenta años, inscribirse en un gimnasio para encontrar el amor. Sin embargo, por más que se esfuerza por conseguir un mejor cuerpo y encontrar la semilla del afecto, no logra tener éxito.

Una mujer obsesionada con la Navidad, amante de los huevos cocinados en todas sus formas, excepto a la mexicana, que decide preparar un gran banquete navideño para intentar recuperar a un antiguo amor.

Un hombre que nunca había logrado mantener un trabajo hasta que se convirtió en operador telefónico. Un oficio que lo llevó a enamorarse de su empleo, al mismo tiempo que le permitía cumplir con una extraña obsesión: juntar las botellas de Coca-Cola equivalentes a cada lágrima derramada por su gran amor perdido.

Un ermitaño que decide aislarse del mundo en su departamento, alejándose de todo y de todos, sobreviviendo únicamente a base de tamales. Un asceta que decide olvidarse de todo lo terrenal y dedicarse a la meditación para tratar de borrar aquel amor.

Cinco historias diferentes, de cinco personas distintas, con cinco contextos completamente ajenos entre sí, que se entrelazan a partir de un concepto simple: el amor. O quizá sea mejor decir el desamor. Y es que cada uno de los personajes está decidido a hablarnos de su dolor ante una fallida historia amorosa; un dolor que parece aferrarlxs a este mundo, evitando su desaparición.

Odio que los abrazos no duren más de cuatro horas es una obra de teatro que habla del desamor y, sobre todo, del dolor que surge de este sentimiento. Una obra escrita por Itzel Lara que nos presenta cinco historias distintas, pero en las que todas y todos podemos sentirnos identificados de una u otra forma. Una puesta en escena sencilla en cuanto a temática, pero compleja en la manera en la que sus personajes nos cuentan sus historias desde el dolor, creando una narrativa profundamente poética. No se trata únicamente de una historia lineal; cada personaje nos va revelando poco a poco sus obsesiones, sus heridas y la manera en la que lidia con el sufrimiento. Todo esto a través de monólogos que en un inicio pueden sentirse complejos en forma, pero que poco a poco se vuelven más claros y cercanos.

Debo confesar que quiero hablar de Odio que los abrazos no duren más de cuatro horas, pero me cuesta hacerlo. No porque sea una mala obra, ni mucho menos porque no me haya gustado; todo lo contrario. Me cuesta hablar de ella porque es una puesta en escena que me removió muchas cosas, no tanto por las historias en sí, sino por la forma en la que están contadas y representadas. Pero intentaré explicarme sin extenderme demasiado.

De alguna forma podríamos decir que esta puesta en escena, dirigida por Juan Carlos Saavedra, está conformada por cinco monólogos, pues los cinco personajes se presentan frente al público contándonos su historia, casi sin intercambiar palabras entre sí. Pero mientras cada personaje narra su dolor, ocurren todo tipo de acciones que complementan y enriquecen lo que escuchamos, enfatizando las emociones y las situaciones que atraviesan. Ya sea un pequeño coro navideño, músicxs que le dan vida a las palabras o incluso un inquietante panda que recorre el escenario acompañando a los personajes. Durante la obra suceden tantas cosas que resulta difícil describirlas todas, pero cada una de estas acciones crea una composición escénica que termina atrapándote por su propia belleza.

Odio que los abrazos no duren más de cuatro horas cuenta con una escenografía sencilla, pero muy particular. Son varios andamios de distintas alturas colocados al centro del escenario, los cuales sirven para representar montañas, departamentos, oficinas e incluso cocinas. Al mismo tiempo, funcionan como pequeños escenarios donde las y los músicos interpretan sus piezas y se integran a este ballet de acciones y emociones. Todo esto, acompañado de un espectacular diseño de iluminación, le da a la obra un toque casi mágico.

Cabe mencionar que esta obra es realizada por la Compañía Teatro Ciego y, como su nombre lo indica, gran parte del elenco está conformado por personas con discapacidad visual (ya sea con nula o poca visión). La propuesta de esta compañía busca generar una cultura teatral mucho más incluyente, basada en el respeto y la equidad de oportunidades. Y no, no verás a intérpretes tratando de “sobrevivir” al escenario. Al contrario: durante toda la obra vemos artistas que se desenvuelven con absoluta naturalidad, desplazándose por el escenario, escalando andamios y realizando movimientos complejos con total precisión. De hecho, en muchos casos, si no se mencionara explícitamente que algunas personas del elenco tienen discapacidad visual, probablemente el público ni siquiera lo notaría.

Pero la inclusión no termina ahí. Aunque gran parte de la experiencia escénica se construye desde el sonido como vehículo narrativo y sensorial, la obra también está pensada para personas con discapacidad auditiva. Todos los personajes principales son acompañados por intérpretes de Lengua de Señas Mexicana (LSM), lo que no solo vuelve la experiencia más accesible, sino que también añade una nueva capa estética a la puesta en escena, haciéndola aún más interesante visualmente. Y, por si fuera poco, también cuentan con un sistema de audiodescripción para personas con discapacidad visual, permitiendo que más personas puedan disfrutar plenamente de la obra.

La verdad, me gustaría seguir hablando de Odio que los abrazos no duren más de cuatro horas e intentar explicar la manera en la que me conmovió. No únicamente por las historias, con las que supongo que cualquiera puede sentirse identificadx en algún momento de su vida, sino por la forma en la que esta puesta en escena logra convertirse en una especie de poesía en movimiento. Pero tampoco quiero extenderme demasiado.

Así que solo me queda invitarte a ver esta obra-espectáculo, una experiencia escénica profundamente sensible, bella en forma y poderosa en fondo. Una obra que no solo habla sobre el desamor y la soledad, sino también sobre la empatía, la inclusión y la capacidad del teatro para construir espacios donde todas las personas puedan sentirse vistas, escuchadas y acompañadas.

Datos Generales
Lugar: Teatro Julio Castillo – Av. Revolución #1500, Guadalupe Inn, Ciudad de México, CDMX
Costo del Boleto: $250 pesos
Funciones: Jueves y viernes 20:00 hrs., sábados 19:00 hrs., domingos 20:00 hrs.
Fecha de la temporada: Hasta el 5 de julio, 2026.
Dramaturgia: Itzel Lara
Dirección: Juan Carlos Saavedra
Actuaciones: David Estrada, Luz Adriana Carrasco, Mónica Crisóstomo Moctezuma, Marco Antonio Martínez, Erika Bernal, Jesús Rodríguez y Cristian Arias
Banda de Música: Maricarmen Graue Huesca, Oscar Guzmán, Saúl Mendoza Muñoz y Esaú Daniel
Interpretes LSM: Antonio Zacruz y Mafer Vergara
Ensamble: Irma Aguilera, Isabel Contreras, Roberto Kilder, Meztli, Sandra Ramos Badillo y Uri Tlahui