Entre División del Norte, Municipio Libre y Doctor José María Vértiz, existe un parque que para miles de capitalinxs funciona como punto de encuentro, pista para bicicletas, refugio para perros hiperactivos, escenario de ferias improvisadas y pausa verde en medio del concreto. Aunque oficialmente lleva el nombre de Parque Francisco Villa, la Ciudad de México decidió bautizarlo a su manera desde hace décadas: Parque de los Venados.

El apodo nació gracias a las esculturas de venados que adornan algunas de sus fuentes y que terminaron convirtiéndose en el símbolo más reconocible del lugar, tanto que incluso la estación del Metro cercana retomó esta identidad visual con el ícono de dos venados. En una ciudad donde las referencias urbanas suelen transformarse por el uso cotidiano, el parque terminó apropiándose de un nombre afectivo y popular que ya forma parte del lenguaje chilango.

La historia del Parque de los Venados comienza sobre un terreno muy distinto al paisaje arbolado que hoy conocemos. Antes de convertirse en espacio público, esta zona de la colonia Portales funcionó como una ladrillera, una huella industrial compartida con otros espacios emblemáticos de la ciudad como el Parque Hundido. Fue durante los años cincuenta, en plena expansión urbana de la capital, cuando el entonces Departamento del Distrito Federal encargó al ingeniero Juan Manuel Magallanes el proyecto para transformar el área en un gran pulmón urbano.

Las obras se realizaron entre 1952 y 1953, aunque el parque abrió oficialmente sus puertas hasta el 18 de julio de 1957. Desde entonces, el lugar comenzó a consolidarse como uno de los espacios públicos más importantes de la alcaldía Benito Juárez. Con una extensión cercana a los 95 mil metros cuadrados, el parque fue diseñado con amplios andadores, jardines divididos en distintas secciones y zonas recreativas que todavía conservan parte de ese espíritu modernista de mediados del siglo XX.

Caminar por el Parque de los Venados es recorrer un pequeño mosaico urbano donde conviven generaciones distintas. Hay adultos mayores jugando ajedrez bajo la sombra, corredores que convierten los andadores en pista personal, niñxs persiguiendo burbujas cerca de las fuentes y familias enteras ocupando bancas durante los fines de semana. El parque funciona como una especie de sala comunitaria al aire libre, un espacio que todavía conserva la rara capacidad de reunir vecinxs en una ciudad cada vez más acelerada.

Uno de los elementos más llamativos del lugar es la enorme estatua ecuestre de Francisco Villa, realizada por el escultor Julián Martínez Soto. La pieza no nació en este parque. Durante décadas estuvo ubicada en la antigua Glorieta Riviera, cerca del actual Metro División del Norte, pero fue trasladada en los años ochenta debido a las obras de la Línea 3 del Metro. Desde entonces, la figura monumental del revolucionario domina una de las áreas más reconocibles del parque.

Más allá de su función recreativa, el espacio también posee una dimensión cultural y científica poco conocida. En una de sus esquinas se encuentran el Planetario Joaquín Gallo y el auditorio Francisco Gabilondo Soler, administrados por la Sociedad Astronómica de México. Estos espacios han acercado durante años la divulgación científica y las actividades astronómicas a generaciones enteras de visitantes.

El parque también alberga el Foro Hermanos Soler, un espacio abierto pensado para presentaciones artísticas y actividades culturales. A esto se suman canchas deportivas, áreas infantiles y una pequeña zona de juegos mecánicos que ha acompañado al parque prácticamente desde su inauguración, aportándole una atmósfera de feria barrial que todavía sobrevive entre algodones de azúcar y luces de colores.

Uno de los mayores tesoros del Parque de los Venados es su arbolado. De acuerdo con datos del Gobierno de la Ciudad de México, aquí viven más de 2 mil 600 árboles pertenecientes a 39 especies distintas. Palmas, fresnos, jacarandas y otras variedades convierten el lugar en un corredor verde fundamental para una de las zonas más densamente urbanizadas de la capital.

A diferencia de otros parques más turísticos o monumentales, el Parque de los Venados mantiene una personalidad profundamente vecinal. No busca impresionar con grandilocuencia; funciona más bien como una extensión de la vida cotidiana. Quizá por eso sigue siendo uno de los parques más queridos de la Ciudad de México: porque entre fuentes, ardillas, corredores y venados de piedra, todavía logra sentirse como un espacio cercano, habitable y profundamente chilango.