Hay lugares en la Ciudad de México que no necesitan grandes letreros para llamar la atención. Basta con que el aroma correcto escape hacia la banqueta para que algo haga clic en el cerebro y uno termine entrando casi por instinto. Eso pasa con Sōōp Noodle Bar, un pequeño restaurante escondido entre las fachadas de la colonia Roma que fácilmente podría pasar desapercibido… hasta que el olor a caldo, especias y fritura recién hecha te atrapa desde la calle.
Entrar a Sōōp sigue teniendo ese efecto de mini teletransportación japonesa. Primero aparece una barra pequeña y rústica, íntima, casi como uno de esos noodle bars escondidos en callejones tokiotas. Después, al avanzar hacia el fondo, el espacio cambia: luces tenues, diseño más urbano y contemporáneo, concreto, madera y una vibra que mezcla tradición japonesa con una estética moderna muy bien aterrizada. Es un lugar pequeño, sí, pero precisamente ahí está parte de su encanto. Nada se siente exagerado; todo parece pensado para acompañar la experiencia de comer ramen mientras afuera la Roma sigue acelerada.

Nosotrxs ya habíamos visitado Sōōp hace algunos meses y desde entonces nos había quedado claro que su propuesta iba más allá del típico spot “instagrameable” de comida japonesa. Aquí hay técnica, buenos caldos y una carta que toma elementos tradicionales nipones y los lleva hacia terrenos más contemporáneos y nikkei sin perder identidad. Pero en esta nueva visita nos encontramos con una sorpresa: acababan de estrenar varios platillos nuevos y, obviamente, decidimos probar algunos.
Uno de los primeros en llegar fue el Chicken Karaage, quizá uno de esos platillos imposibles de compartir sin arrepentimiento posterior. Los bocados de pollo vienen marinados en ajo, jengibre, sake y soya antes de pasar por el katakuriko y la fritura. El resultado es una costra ligera y crujiente que guarda un interior suave y jugoso. La salsa spicy y la tártara japonesa con alcaparra, perejil y serrano terminan de convertirlo en una entrada peligrosamente adictiva.

También probamos los Edamame Pesto, una reinterpretación inesperada de un clásico izakaya. Aquí los edamames salteados se mezclan con pesto de perejil y cacahuate, además de un toque de habanero, soya y sal. El resultado se mueve entre lo herbal, lo salino y un picante ligero que aparece poco a poco. Es una botana rara en el mejor sentido posible: familiar y extraña al mismo tiempo.
La Ensalada Roshi fue otra de las nuevas incorporaciones que más sorprendieron. Arúgula fresca, tofu marinado con soya y jengibre, jamón serrano, parmesano, jitomate cherry y aderezo oriental de ajonjolí construyen un plato que parece vivir cómodamente entre Japón y el Mediterráneo. Fresca, ligera y con suficientes contrastes para no sentirse como “la opción saludable” obligatoria del menú.

En la parte más fresca del recorrido apareció el Tartar de Salmón, preparado con sriracha, mostaza Dijon, alcaparra, chile serrano, soya, vinagre de arroz y limón. La mezcla consigue un equilibrio muy preciso entre acidez, picante y umami, mientras el wonton frito aporta textura y convierte cada bocado en algo mucho más interesante.
Después llegó el Wonton Sōōp, uno de esos platos que parecen diseñados específicamente para días lluviosos en la Roma. El caldo shoyu viene acompañado de gyozas de carne, wakame, hongo enoki, cebollín y ajonjolí. Reconfortante, profundo y cálido sin volverse pesado. Es el tipo de sopa que obliga a bajar el ritmo aunque la ciudad siga corriendo afuera.

Otro de los nuevos protagonistas de la carta es el Tori Katsu Don, un bowl de arroz coronado con tori katsu, omelette de cebolla, shimeji, cebollín y salsa shoyu. Aquí todo gira alrededor de las texturas: el pollo empanizado crujiente, la suavidad del huevo y el arroz absorbiendo cada parte de la salsa. Un plato abundante y completamente reconfortante.
Aunque nuestra visita se enfocó en las novedades, la carta sigue manteniendo varios de los favoritos de la casa. Ahí siguen el clásico Shoyu Ramen, el intenso Red Curry Ramen, el Tori Katsu Ramen con miso tare picante y pollo marinado en curry amarillo, además del Yakisoba con salsa de soya dulce trufada y yema tibia. También continúan opciones como las Korean Chicken Wings, las Chili Oil Gyozas, el Tiradito de Kampachi, el Sweet & Sour Chicken, el Kimchi Fried Rice y los nuevos noodles fríos como los Sōmen Noodles Kakiage y los Sōmen Noodles Chamorro.

La experiencia terminó acompañada de dos cocteles que encajan perfecto con la personalidad del lugar. El Algren-San, inspirado en el clásico Americano, mezcla vermut bianco, vermut de sakura, quinina, espuma cítrica y aceituna en una combinación fresca y ligeramente amarga. Mientras que el Botánica lleva gin Condesa, Licor 43, licor japonés de shiso y soda de lychee hacia un terreno mucho más aromático y floral.
Más allá de los nuevos platillos, Sōōp mantiene algo que muchos restaurantes japoneses en la ciudad todavía buscan: personalidad propia. No intenta replicar Japón como parque temático ni convertir cada plato en espectáculo. Lo suyo es más discreto. Un espacio pequeño, íntimo y lleno de detalles donde el ramen humea, los cocteles sorprenden y la CDMX desaparece por un rato detrás del vapor del caldo.
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Dirección: Orizaba #96, Roma Norte, Ciudad de México, CDMX
Costo por persona: De $500 a $800 pesos
Horario: Lunes a miércoles de 14:00 a 22:00 hrs., jueves a sábado de 14:00 a 0:00 hrs., domingo de 14:00 a 21:00 hrs.
Página Web: soopramen.com
Instagram: instagram.com/soopnoodlebar

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