En una ciudad donde la comida es un lenguaje propio, el fuego brasileño encontró nueva casa. Brasa do Brasilia aterriza en el sur de la Ciudad de México con una propuesta que no se mira, se vive: un rodizio que convierte la mesa en un desfile constante de sabores, cortes y aromas que llegan directo desde la parrilla.

Ubicado en Plaza Cuicuilco Inbursa, este restaurante toma como punto de partida la tradición del churrasco brasileño y la traduce a un formato festivo y generoso. Aquí, los cortes no se piden, aparecen. Los llamados gauchos recorren el salón con espadas de carne recién asada, sirviendo directamente en el plato en una coreografía que mezcla hospitalidad y espectáculo.

La experiencia gira en torno a más de 20 cortes, desde clásicos como picaña, rib eye y sirloin, hasta opciones como baby beef y costillas, todos preparados para resaltar su jugosidad y ese sabor ahumado que solo el carbón sabe contar. Los fines de semana, la parrilla amplía su repertorio y suma mariscos al carbón, abriendo una ruta inesperada entre la tierra y el mar.

Pero el recorrido no termina en la carne. Una barra tipo buffet funciona como estación de exploración paralela: ensaladas frescas, quesos, sopas, carpaccios, tiraditos y ceviches conviven con pastas, guarniciones y postres. Detrás de esta variedad está la visión del chef Paulo Rodrigues, quien apuesta por una experiencia amplia, pensada para quienes disfrutan probar de todo sin prisas.

El ambiente acompaña el viaje. La decoración tropical, la música y una carta de coctelería donde la caipirinha marca el ritmo, construyen una atmósfera que invita a quedarse. A eso se suma una promoción constante de mixología 3×2, ideal para alargar la sobremesa y convertir cualquier comida en celebración.

Detrás del concepto está Pingos Group, un grupo enfocado en diseñar experiencias familiares donde la comida, el servicio y el entorno se entrelazan. Con esta apertura, Brasa do Brasilia no solo suma una opción más a la oferta gastronómica de la capital: propone una forma distinta de sentarse a la mesa, donde el fuego nunca se apaga y el apetito siempre tiene una segunda vuelta.