La Ciudad Universitaria de la UNAM está llena de historias.

Algunas nacen de los estudiantes que pasan noches enteras estudiando. Otras surgen de los laboratorios, los jardines y los edificios que han sido testigos de generaciones enteras de universitarixs. Pero entre todas las leyendas que circulan por el campus, existe una que provoca un miedo particular entre quienes frecuentan la Facultad de Ciencias después del anochecer.

La historia del Vigilante sin Ojos.

Todo comienza en uno de los salones del edificio, durante una noche aparentemente normal.

Un grupo de estudiantes había permanecido en las instalaciones más tiempo del permitido. Estaban sentados al fondo de un aula vacía, conversando mientras el resto del edificio se sumía poco a poco en el silencio.

Los pasillos ya estaban casi desiertos.

Las luces permanecían encendidas únicamente por razones de seguridad.

Y el eco de las voces parecía perderse entre las paredes del inmueble.

Nada parecía fuera de lugar.

Hasta que uno de los jóvenes dejó de hablar.

Su expresión cambió por completo.

Se quedó inmóvil.

Pálido.

Con la mirada fija hacia la entrada del salón.

Durante varios segundos fue incapaz de pronunciar una sola palabra.

Cuando finalmente logró hacerlo, apenas pudo susurrar:

Hay alguien observándonos.

Lxs demás voltearon de inmediato.

Al principio no distinguieron nada extraño.

Pero entonces una de las estudiantes logró verla.

Era una figura completamente oscura.

Más alta de lo normal.

Inmóvil.

Observándoles desde la entrada.

La tenue iluminación del pasillo apenas permitía distinguir su silueta.

Sin embargo, había algo profundamente perturbador en ella.

Algo que no parecía humano.

La figura no tenía ojos.

No era que estuvieran ocultos por la oscuridad.

Simplemente no estaban ahí.

Donde debería existir una mirada, únicamente había vacío.

Una ausencia imposible.

Durante unos segundos nadie se movió.

Nadie habló.

La presencia permaneció inmóvil observándolos desde el umbral.

Y aunque parecía estar a pocos metros de distancia, el ambiente se sentía extrañamente silencioso.

Demasiado silencioso.

Entonces ocurrió algo que terminó de convencerles de que aquello no era una persona.

Se escucharon pasos acercándose por el pasillo.

Era la conserje del edificio.

Venía a pedirles que abandonaran el salón para poder realizar la limpieza nocturna.

Lxs estudiantes respiraron aliviados.

Pensaron que la figura pertenecía a algún trabajador universitario.

Pero cuando la mujer llegó al lugar, ocurrió algo inquietante.

La presencia desapareció.

No se marchó caminando.

No dobló ninguna esquina.

Simplemente dejó de estar ahí.

Y nadie había escuchado un solo paso.

La conserje tampoco vio a nadie.

Lo más extraño era que, para llegar hasta ellxs, aquella figura habría tenido que recorrer exactamente el mismo pasillo por el que ella acababa de caminar.

Sin embargo, jamás se cruzó con nada.

Ni con nadie.

A partir de entonces comenzaron a aparecer más historias.

Algunxs estudiantes afirman haber visto la misma silueta observándolos desde el extremo de corredores vacíos.

Otrxs aseguran encontrarla inmóvil entre las sombras de las escaleras.

Incluso hay quienes dicen haberla visto reflejada fugazmente en ventanas y cristales, solo para descubrir que al girar la cabeza no hay nadie detrás de ellos.

Pero todos coinciden en un detalle.

El Vigilante sin Ojos nunca habla.

Nunca corre.

Nunca persigue.

Solo observa.

Como si estuviera esperando algo.

O buscando a alguien.

Con el paso de los años surgieron numerosas teorías.

Hay quienes creen que se trata del espíritu de algún antiguo trabajador universitario.

Otrxs piensan que es una manifestación creada por la energía acumulada durante décadas de actividad académica.

Sin embargo, la explicación más inquietante sostiene que el Vigilante no es un fantasma.

Que jamás fue humano.

Y que por esa razón carece de ojos.

Porque no necesita ver de la forma en que nosotros vemos.

Quizá por eso aparece siempre en silencio.

Quizá por eso nadie escucha sus pasos.

Quizá por eso parece observar incluso cuando no tiene mirada.

Lo cierto es que, hasta hoy, quienes permanecen demasiado tiempo en la Facultad de Ciencias durante la noche siguen reportando encuentros con la extraña figura.

Y muchxs aseguran que la verdadera sensación de terror no aparece cuando la ven.

Aparece después.

Cuando regresan a casa.

Cuando recuerdan aquella silueta inmóvil.

Y comprenden que, aunque no tenía ojos…

Sabía exactamente quiénes eran.