Durante décadas, el Cine Ópera fue uno de los recintos cinematográficos más espectaculares de la Ciudad de México. Inaugurado en 1949, en plena Época de Oro del cine mexicano, sus casi 3,800 butacas recibieron estrenos, conciertos y a miles de espectadorxs que cruzaban sus enormes puertas para perderse entre historias proyectadas sobre la pantalla. Su arquitectura art decó, sus candelabros de bronce, los espejos que revestían el vestíbulo y las enormes esculturas de la comedia y la tragedia que aún custodian la fachada lo convirtieron en uno de los edificios más elegantes de la colonia San Rafael.

Hoy, sin embargo, el Cine Ópera permanece abandonado.

Las ventanas están rotas, el vestíbulo permanece en penumbras y la naturaleza ha comenzado a reclamar el edificio. Desde hace años se han anunciado proyectos para rescatarlo y devolverle la vida, pero ninguno ha prosperado. Todos terminan detenidos por falta de recursos, problemas administrativos, cambios de gobierno o simplemente desaparecen sin explicación.

Y para muchxs vecinxs, eso no es una coincidencia.

Dicen que el edificio está maldito.

Lo inquietante es que nadie logra ponerse de acuerdo sobre el origen de esa maldición.

Las sepulturas antiguas

Los obreros que participaron en la construcción del Cine Ópera contaban que, durante las excavaciones, encontraron restos de antiguas sepulturas pertenecientes a los terrenos que siglos atrás formaban parte de los huertos del convento de San Cosme y San Damián.

La obra continuó como si nada.

Pero pocos días después comenzaron los accidentes.

Herramientas que caían desde varios pisos sin que nadie las hubiera movido.

Andamios que colapsaban inexplicablemente.

Trabajadores que juraban escuchar voces llamándolos desde el interior de un edificio que todavía no existía.

Se dice que uno de los albañiles murió tras caer desde la estructura principal, aunque algunos aseguraban que nadie lo vio resbalar.

Solo lo vieron… como si algo lo hubiera empujado.

Desde entonces, cuentan, el edificio nunca dejó de cobrar lo que consideraba suyo.

La Capilla de los Muertos

Hay quienes creen que la historia comenzó mucho antes del cine.

Muchísimo antes.

Cuando esa parte de la ciudad aún era una extensión de los terrenos del antiguo convento y los alrededores permanecían cubiertos por huertos y caminos solitarios.

Según esta versión, en ese lugar existía una pequeña capilla donde se velaba a quienes morían sin familia.

Con el paso de los siglos el sitio desapareció bajo nuevas construcciones y nadie volvió a hablar de él.

Hasta que en 1949 levantaron el Cine Ópera.

Dicen que, desde el primer día, las almas que nunca encontraron descanso quedaron atrapadas entre los muros del edificio.

Por eso nunca se sintió vacío.

Solo parecía estar esperando a que oscureciera.

Sea cual sea la verdadera historia, las leyendas coinciden en algo.

Cuando cae la noche, el Cine Ópera deja de parecer un edificio abandonado.

Hay quienes aseguran que las dos enormes esculturas que representan la comedia y la tragedia cambian ligeramente de posición cuando nadie las observa directamente.

Otrxs dicen que basta permanecer unos minutos frente a la fachada para sentir que ambas figuras siguen cada movimiento con la mirada.

No importa hacia dónde camines.

La sensación de ser observadx nunca desaparece.

Lxs vecinxs evitan mirar hacia el gran ventanal del vestíbulo después de la medianoche.

No porque esté oscuro.

Sino porque, algunas veces, hay alguien mirando desde dentro.

Una silueta inmóvil.

Tan inmóvil que parece parte del edificio.

Hasta que desaparece.

Quienes se han atrevido a asomarse entre las rejas que cierran el acceso al inmueble cuentan haber visto sombras caminar lentamente por el antiguo recibidor. Algunas parecen cruzar frente a los espejos rotos. Otras desaparecen detrás de las columnas como si buscaran su asiento antes de que comenzara la función.

Y cuando el viento deja de soplar, comienzan los sonidos.

Primero un crujido.

Luego el eco de unos pasos.

Después el rechinido de una butaca que se baja lentamente.

Hay noches en que incluso se escucha el murmullo de cientos de personas conversando al mismo tiempo, como si la sala volviera a llenarse segundos antes de apagar las luces.

Pero cuando alguien logra reunir el valor suficiente para mirar al interior…

no hay nadie.

Solo miles de butacas vacías cubiertas de polvo.

O eso parece.

Porque algunxs exploradorxs urbanos aseguran que, en las fotografías tomadas dentro del recinto, siempre aparece una persona sentada en alguna de las últimas filas.

Nunca está ahí cuando toman la foto.

Solo aparece después.

Esperando.

Como un espectador que jamás abandonó la sala.

Quizá por eso ningún proyecto de restauración ha conseguido devolverle la vida al Cine Ópera.

Tal vez no sea el abandono, ni los daños del sismo de 1985, ni el deterioro provocado por el tiempo lo que mantiene cerradas sus puertas.

Tal vez el edificio simplemente sigue proyectando una función para un público que nadie más puede ver.

Y las dos esculturas de la fachada continúan vigilando que nadie interrumpa la última película jamás exhibida en el viejo Cine Ópera.